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ROLLS ROYCE
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El aura de exclusividad y poderío que irradiaban aquellas máquinas, que en los umbrales del siglo veinte dieron forma y belleza a lujosos coches, no tardaría en traspasar fronteras. Los inmemoriales palacios que jalonaban el territorio de la India se dispusieron en su opulencia a abrir las puertas a nuevas joyas encarnadas en Cadillac, Isotta Fraschini o Hispano Suiza y, por supuesto, Rolls-Royce.

La fascinación que esta exótica marca ejercía entre los Maharajás ha quedado patente en los masivos pedidos de vehículos registrados en los archivos de Rolls-Royce y, en particular, aquellos realizados por el Maharajá de Mysore, cuya costumbre de adquirir sus Rolls-Royce en lotes de siete coches incitó a los empleados de la firma a acuñar la expresión “hacer un Mysore” cuando lograban una gran venta.

Un nuevo tipo de vehículo “colonial” adaptado a la singular orografía de los nuevos territorios probaría la fiabilidad de sus prestaciones al superar las duras travesías de resistencia a lo largo de la India. Los centenares de coches que componían las multicolores flotas hindúes mostraban la apariencia que la ocasión requería, siendo muy demandados los destinados a ceremonias en las que los soberanos se presentaban ante sus súbditos con toda la pompa. Cierto Maharajá no tuvo reparos en hacer llegar sus quejas a la firma británica –acaso influido por la imagen de un desfile con elefantes- al considerar que su flamante pero demasiado silencioso Rolls-Royce no anunciaba adecuadamente su presencia en las celebraciones populares. Algo que ciertamente no reclamaban cuando se introducían en la selva, encaramados en altos asientos rematados con fusil, a bordo de vehículos equipados con focos de visión nocturna y metralleta para dar caza a un ejemplar de tigre que sería trasladado al lujoso campamento extendido sobre uno de los alerones laterales.

Las particulares exigencias de estilo permitían a maestros artesanos llevar a cabo creaciones fabulosas. Carrocerías en bajorrelieve embellecidas con oro y joyas, volantes de marfil, salpicaderos de maderas preciosas, tapicerías en piel de cocodrilo, moquetas de piel de castor, adornos de diamantes, plata y cristal, serpientes… todo valía en la consecución del coche total. Así, la imaginación cedía el paso a la extravagancia: un coche-cisne que escupía fuego por su largo cuello “ahuyentando a nativos y elefantes”, un Rolls-Royce en oro y amarillo que desvelaba un trono, aquel otro pintado en rosa para hacer juego con la babucha de un delicado pie o el que fuera acondicionado para transportar al equipo de cricket del rey.

De esta peculiar relación entre coches y propietarios cabe señalar una estrafalaria práctica , con cierto predicamento entre algunos Maharajás, que no consistía sino en esgrimir la amenaza de convertir sus resplandecientes Rolls-Royce en vulgares recolectores de basura como expresión de su descontento ante la tardanza en los envíos de piezas de repuesto o por la demora de un asistente técnico, por ejemplo. Esta fórmula de desagravio tuvo como primer escenario una oficina de Londres en la que el Maharajá de Alwar consideró que el trato recibido era impropio de su dignidad. De regreso a la India con un lote de siete coches, procedió a separarlos del resto de la flota para sacarlos a trabajar a la calle.

Lo cierto es que la reacción de la casa Rolls-Royce no se hacía nunca esperar, apresurándose a cumplir las demandas de tan exigentes clientes.

La declaración de independencia en 1947 puso fin al mandato británico y al poder de los maharajás. Los palacios se reconvirtieron en hoteles, algunos Rolls-Royce como el “Coche Cisne” o la “Estrella de la India” abandonaron el país y los que permanecieron pueden ser hoy vistos en museos o en colecciones privadas.

No se haría justicia a estos gobernantes sin mencionar que también fueron grandes mecenas de las artes y que no detentaban la patente exclusiva de las extravagancias. Del esplendor de sus Cortes Reales dio testimonio el escritor británico afincado en el país, Rudyard Kipling, al escribir que “Dios había creado a los Maharajás para ofrecer al mundo un espectáculo de joyas y palacios de mármol”.

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